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Publicado por: marisa
el Lunes 26 Noviembre 2007 07:50
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Mayte Piserra vive en Madrid y es escritora de historias. Comparte con LasEuropas un poco de realismo mágico con Cata ciega

Miguel y el fotógrafo llegaban tarde a la cita en el Glass Bar del Hotel Urban de Madrid a cubrir la cata. Al entrar, su jefe les miró con los ojos muy negros y les dirigió con la cabeza hacia la mesa de los periodistas. Se trataba de una cata menor, comentaban algunos, solo de blancos. Sin embargo allí estaban sentadas, expectantes y sonrientes, las narices más valoradas del país. Nariz de oro, don Conrado Cintruénigo y nariz de plata, la señorita Serena Masella. Sonaba chill out de fondo y todo el mundo movía sus trajes, gasas y seda despacio, sin tocarse. Miguel se quitó la chaqueta de cuero, se hizo una coleta y se escudó entre los informadores para no estar en primera fila. Ese día tendría que estar en la presentación de un libro de Auster y no entre gente que le parecía demasiado snob. Aunque le apetecía una cerveza, aceptó la copa de cava que le ofrecieron. Assemblage de Macabeo, Parellada y Xarel.lo, bien frío caballero, iba diciendo el camarero con voz suave. Miguel tomó nota tratando de memorizar los nombres de las uvas a la vez que maldecía al pijo de su compañero en la revista. Por esquiar se había roto una pierna y ahora le había caído a él la empalagosa tarea de entrevistar a la troupe entrajetada de bodegueros, enólogos y someliers tras la cata.





Leía Miguel en el programa que se iban a repasar casi todos los blancos de la geografía española. Se presentarían vinos de Rias Baixas, de Rueda, de Somontano y del Penedés. Todo el mundo se sentó y las miradas se dirigieron a la mesa de cata. Colocaron las copas frente a los catadores sin ruido, que brillaban como la calva de don Conrado, y les sirvieron un vino de color oro viejo. Miguel vio como ceremoniosamente lo mareaban a la luz sus copas, metían dentro la nariz con los ojos cerrados y bebían un pequeño sorbo, para luego escupirlo hacia atrás. “Invariablemente un Chardonnay, envejecido en barrica que ha tenido muy buena relación con la madera; un vino elegante”. Tomaba nota Miguel según hablaba don Conrado, y percibía sonrisas de complacencia, cuchicheos y asentimientos alrededor.

Segundo vino y copas limpias. “Luminoso amarillo pajizo con ribete verdoso - decía Serena dirigiendo su nariz ganchuda hacia el techo - apuntes de té verde que se matiza a frutas exóticas - expresó tras olerlo; sedoso y frutal con persistencia media. Un Verdejo monovarietal sin duda”. Y las expresiones de satisfacción tras la palabras de Serena quedaron como en una foto en la retina de Miguel, porque de repente se acabó la música y se apagaron todas las luces, hasta las de la calle. Por las cristaleras del Glass Bar entraban a fogonazos los faros de los coches. Se oyó romper alguna copa, tropiezos y choques entre personas. Alguien dijo que era una cata ciega y por tanto, una vez tuvieran a mano las velas que ya estaban repartiendo los camareros, podría seguir adelante, siempre y cuando los catadores estuvieran dispuestos. Por supuesto – dijeron otros - somos profesionales. Y saltaron los flashes tomando una foto del momento.

A la luz de las velas y ya sin música, siguió el desfile de copas. Miguel conectó su grabadora a pilas. Llegaron los gallegos que aún mantenían el frío del refrigerador, ya apagado. Un Valdeorras de Godello arrancó los suspiros de Conrado que, al no poder verlo, lo describía entusiasmado. “De carácter glicérico al paso de boca, que se cierra con un final de persistencia media en el que se dominan los toques herbáceos y anisados”. Y no se le oyó escupir el vino. Miguel se preguntaba si algún día podría percibir todos esos aromas y sabores, y lo que le parecía más extraño, expresarlos con palabras.

Seguía bebiendo cava de la botella que había en la mesa en una cubitera de hielo y no era capaz de sacarle más sabor que en otras ocasiones. Lo que sí percibió, ahora que se concentró en la mujer que tenía a su lado, fue en el olor a vainilla que la envolvía como una cápsula. No se había fijado en ella cuando había luz, pero ahora se la imaginaba apetecible. Escuchó la presentación de los vinos del Somontano y el sonido de verter el vino en copas. Tras el chasquido de una lengua en un paladar, se oyó rejuvenecida la voz de Serena: “floral, floral, las notas de rosa se imponen al paso y mantiene el perfil hasta el cierre, matizándose hacia perfumes exóticos. Mi querida y siempre deseada Gewürztraminer” Miguel se alegró de no tener que apuntar el nombre de esa uva, pero sí pudo percibir cierto tono arrastrado en la voz de la catadora. También se percató de que el volumen de las conversaciones a su alrededor se iba elevando paulatinamente. Se oían carcajadas y el crujir de cristales en el suelo bajo las pisadas, a veces trastabillantes. Los flashes de las cámaras revelaban grupos abrazados mirando a la cámara muy sonrientes con una copa en la mano. Las velas de algunas mesas iluminaban caras que se acercaban mucho para hablar, para acariciarse, para besarse. A Miguel el alcohol le había potenciado su sentido del olfato. El ambiente le olía a muchos vinos mezclados y a olores de personas. Olía a colonias de duty free, a cuello sudoroso en camisa almidonada, a chaqué sin llevar al tinte hace mucho, a flores de los centros, a manos pegajosas, a incienso quemado, a bolsos de cuero de Estambul, a porro del Atlas, a pimienta molida, a moqueta de muchas fiestas, a zapatos del año pasado, a los tacos de queso que circulaban en platos entre los asistentes, ya hambrientos y con mucho vino caliente en los estómagos.

“¡¡Riesling!!” Gritaba don Conrado, “este Riesling es sagrado para mí y no está frío. ¡¡No me importa!!”. Decía mientras le enfocaban con una linterna que alguien había traído. Tiró la copa y se lanzó a darle un beso a Serena en la boca, rodando por el suelo detrás de la mesa de cata. Miguel apagó la grabadora y se dedicó a oír bajar cremalleras, chupetones, sorbos, estornudos, lametones, risas, jadeos y copas dejadas sobre las mesas. Alguien le subió a camisa por detrás y sintió contra su espalda los pechos desnudos de una mujer que olía a crema. En ese momento, la luz vino. Al ritmo de la música de fondo, todos los asistentes recogieron sus ropas y sus cosas, y se marcharon sin despedirse. Salían por la puerta en tropel envueltos en un amasijo de abrigos, brazos, chales, zapatos en una mano y botellas de vino en otra. Miguel pensó que ya había acabado el espectáculo. Nadie le bajaba la camisa, entonces se encendió un cigarro, cogió la botella de cava y se marchó Carrera San Jerónimo abajo, alzando un brindis a los leones del Congreso.


Mayte Piserra
Septiembre 2007

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